Diferenciación, disociación e integración. El psicoanálisis y Ken Wilber

Octavio García

En el trabajo que presenté el año pasado para las II Jornadas Ken Wilber, hice énfasis en la importancia y la complementación del trabajo psicológico y el camino espiritual, que constituyó el interés inicial de Wilber en su obra, y que pienso que nunca ha abandonado. El núcleo del trabajo giraba en torno a una frase ya célebre de Wilber en Breve historia de todas las cosas que reza

“si usted no hace las paces con Freud será muy difícil que alcance al Buda”

En la presente exposición, quiero profundizar en la necesidad del trabajo psicoterapéutico en un sentido amplio (considerando en este sentido tanto la relación profesional, como el vínculo maestro-discípulo, como la pareja, etc…) para un desarrollo espiritual sano, basándome además en el propio trabajo de Wilber. Para esta ocasión, he orientado mi atención a través de uno de los temas centrales de su obra, me refiero a su concepción misma del desarrollo de la conciencia. ¿En qué consiste el desarrollo de la conciencia para Wilber? El lo plantea de forma clara y determinante, el desarrollo de la conciencia es un “proceso de progresiva diferenciación”. Pero, qué significa la diferenciación, qué significa diferenciarse, de qué hay que ir diferenciándose. Fue en el capítulo 10 del Proyecto Atman titulado “La forma del desarrollo” que como él mismo nos indica es “el más importante del libro”, casi literalmente reproducido dos décadas después en el más extenso capítulo 10 del Ojo del Espíritu donde nuestro autor presenta detalladamente su concepción del mismo. Como él mismo dice

“El hecho es que, con la emergencia de una estructura de orden superior, el yo –de manera normal, natural y apropiada- termina identificándose con la nueva estructura. No obstante, a lo largo del proceso evolutivo cada nivel se va diferenciando –o, por así decirlo, “despellejando”- del yo. Así es como el yo acaba por desidentificarse de la estructura presente y pasa a identificarse con la estructura supraordenada emergente o, más concretamente (y éste es un punto técnicamente muy importante), el yo abandona su identificación exclusiva con la estructura inferior. No se trata, pues, de que el yo se despoje completamente de esa estructura, sino tan sólo que deja de estar exclusivamente identificado con ella (es decir, básico/permanente versus provisional/exclusivo). El caso es que, al diferenciarse de la estructura inferior, el yo termina trascendiéndola (sin negarla, en modo alguno), y de ese modo puede operar sobre la estructura inferior utilizando las herramientas que le proporciona la nueva estructura emergente. El Ojo del Espíritu., pag.238

Así, el proceso del desarrollo (tanto vertical como horizontal en Wilber) sigue una secuencia esquemática ideal de diferenciación, desidentificación, trascendencia e integración. Sabemos que en Wilber esta dinámica transcurre a través de las diversas estructuras básicas a las que se refiere, y que simplificadamente sintetiza en cinco, la materia, el cuerpo, la mente, el alma y el Espíritu. Pero además Wilber nos explicita de forma impecable este proceso de diferenciación

“en cada uno de los distintos estadios del proceso de evolución y re-membranza (anamnesis), una modalidad del yo se convierte en un mero componente del yo supraordenado (antes de la emergencia de la mente, por ejemplo, el cuerpo era la modalidad del yo, pero a partir de ese momento se convierte en un mero componente del yo). Y esto puede expresarse de formas muy diversas, cada una de las cuales nos revela algo importante sobre el desarrollo, la evolución y la trascendencia: 1) La totalidad termina convirtiéndose en parte.
2) La identificación se convierte en desidentificación.
3) El contexto se transforma en contenido (es decir, el contexto de la cognición/experiencia de un nivel se convierte en un mero contenido de la experiencia propia del próximo nivel).
4) El fondo se convierte en figura (con lo cual se libera del fondo de orden superior).
5) Lo subjetivo pasa a ser objetivo (hasta que ambos términos pierden todo su significado.
6) La condición se transforma en elemento (es decir, la mente –que es la condición a priori de la experiencia egoica- termina convirtiéndose en un mero elemento a posteriori de la experiencia de los dominios supraordenados.”
El Ojo del Espíritu., pag. 239

En relación a estas formulaciones es que Wilber identifica desarrollo y trascendencia, a través de la diferenciación que culmina en procesos más y más abarcativos de integración, es decir, más diferenciación hasta que emerge aquello que es el fundamento de todo, hasta que

“sólo perdura la unidad preexistente desde el mismo origen que no ha dejado de ser el alfa y el omega del periplo del alma a través del tiempo.” El Ojo del Espíritu., pg. 240

Desde luego esta serie de formulaciones pueden aplicarse a todo proceso de diferenciación en cualquiera de los niveles y dentro de ellos, de modo que no sólo hace referencia a la trascendencia en el sentido de los niveles evolutivos en sentido vertical, sino que es aplicable a lo que Wilber llama la traslación, es decir, el desarrollo en sentido horizontal. Y dado que él trabaja a fondo con el desarrollo a través de la diferenciación vertical, aquí quiero prestar atención al desarrollo horizontal y a la verticalidad descendente una vez alcanzado el nivel del ego mental y los procesos de diferenciación e integración que conforman parte del trabajo psicoterapéutico. Pero antes es necesario reconocer que Wilber no se limitó a actualizar o poner énfasis en la concepción del desarrollo que hizo suya, sino que también ha recogido y presentado exhaustivamente los peligros que conlleva el proceso de crecimiento como diferenciación. Como destaca frecuentemente a lo largo de los últimos años especialmente, toda diferenciación puede ir demasiado lejos y producir disociación, es decir, un distanciamiento entre los aspectos diferenciados que no hace posible una adecuada integración de lo diferenciado. Este es para Wilber el ámbito característico de la patología. Para la presente exposición prescindiré de las elaboraciones que nos presenta sobre la diferenciación y la disociación del llamado El Gran Tres (la Ciencia, el Arte y la Moral).

“En el caso de la evolución del ser humano, por ejemplo, una cosa es diferenciar la mente del cuerpo y otra, muy distinta, disociarlas; una cosa es diferenciar la cultura de la naturaleza y otra, completamente distinta, disociarlas.” El Ojo del Espíritu., pag 86

Para hilar con más finura respecto a la disociación en el ámbito de la interioridad que ocupa la presente exposición resulta imprescindible acudir al psicoanálisis y a Freud.

“Más allá de estos niveles inferiores no soy ningún entusiasta de Freud, pero dentro de ellos, sin embargo, resulta difícil encontrar un genio que se le parezca.” Más allá del Edén. pag. 82

En 1895, S.Freud, en sus famosos Estudios sobre la histeria trabaja intensamente para dar cuenta de los fenómenos psíquicos productores de la enfermedad. La disociación de la conciencia es característica de los trastornos histéricos, es decir, un funcionamiento psíquico donde operan de forma más o menos simultanea dos grupos o contenidos psíquicos, sin aparente relación entre sí, como consecuencia de la represión de una parte de los mismos. Desde entonces, el psicoanálisis ha dedicado un enorme esfuerzo en la comprensión de los fenómenos de disociación, uno de los cuales es la represión, que aparece conceptualizada en Freud como resultado del conflicto. Tengo que decir que en el psicoanálisis se suele hablar de forma más o menos indistinta de disociación o escisión, sin bien algunos autores conceden a la disociación un grado de separación más acentuado que a la escisión, que adquiere su mayor grado de gravedad en la fragmentación, característica de las psicosis extremas. El término represión, como en estos tiempos consideraba, es una forma de disociación de contenidos de la conciencia, uno de los cuales opera de forma inconsciente y el otro consciente sin aparente conexión entre si. La represión por tanto es disociación con una parte netamente inconsciente, por lo que se habla de disociación vertical, en tanto que la disociación en su acepción más común, hace referencia a dos ámbitos o contenidos que operan alternativamente en la conciencia pero con desconexión o mutuo desconocimiento entre sí en el seno del reconocimiento de la conciencia. Entre los casos extremos nos podemos hallar en el territorio de las personalidades múltiples. El término escisión adquirió gran significación en la obra de Melanie Klein, al referirse a ella como un mecanismo de defensa muy primitivo frente a la angustia infantil, por el cual el objeto materno es escindido entre bueno y malo, llevando a su vez a la escisión del propio yo en bueno y malo. Para el psicoanálisis el conflicto es inherente al vivir y el desarrollo está sembrado de conflictos, de modo que se darán escisiones y disociaciones en grados diversos de forma inevitable. Como hemos señalado anteriormente podemos entender la disociación en sentido general como la coexistencia de representaciones o contenidos internos de tipo opuesto o incompatible sin aparente contacto o conexión entre sí en la conciencia del sujeto. Desde luego la patología en psicoanálisis viene entendida a través de la diferenciación, las identificaciones, el conflicto, la disociación, la escisión, la represión y el resto de mecanismos defensivos, y es evidente el fundamento psicoanalítico de Wilber en relación con la patología ubicada en los niveles prepersonales y personales. Veamos qué nos dice el diccionario sobre la escisión del yo:

“Término utilizado por Freud para designar un fenómeno muy particular cuya intervención observó especialmente en el fetichismo y en las psicosis: la coexistencia, dentro del yo, de dos actitudes psíquicas respecto a la realidad exterior en cuanto ésta contraría una exigencia pulsional: una de ellas tiene en cuenta la realidad, la otra reniega la realidad en juego y la substituye por una producción del deseo. Estas dos actitudes coexisten sin influirse recíprocamente.” Diccionario de Psicoanálisis. Laplanche & Pontalis

Si bien Freud lo remite a la patología grave, en una acepción más amplia podemos reconocerlo como una dinámica extraordinariamente frecuente en nuestra vida, como enseguida planteo. La elaboración psicoanalítica ha sido de incomparable valor para Wilber en la comprensión de las raíces infantiles primitivas de la psicopatología. Evidentemente la patología es algo extraordinariamente complejo, y en relación al proceso de diferenciación y la aparición de la disociación, nos dice

“Estos componentes escindidos (o, dicho de otro modo, disociados) actúan a modo de lesiones en la conciencia que luego tienden a boicotearla con expresiones sintomáticas (es decir, patologías diversas). En tal caso, el yo no puede desidentificarse y trascender esas facetas alienadas de su propio ser –que ahora permanecen ocultas y enajenadas (a modo de “burbujas” de apegos inconscientes, identificaciones inconscientes, inmersiones inconscientes e intenciones inconscientes)- “a las que no se ha muerto” y que, en consecuencia, tampoco “han sido abandonadas” . Son, por el contrario, “pequeños sujetos” que se niegan a la diferenciación y a la trascendencia y, en ese mismo sentido, también se niegan a ser realmente integrados y que, desde el escondrijo en que se hallan atrincherados -desde el locus de su fijación y apego inconsciente- sabotean, a modo de terroristas, el funcionamiento del psiquismo. Es la enajenación, la represión y la patología del yo.” El Ojo del Espíritu., pag 156.

En relación con el proceso de diferenciación, el psicoanálisis facilita la comprensión del grado de diferenciación hasta el yo autónomo suficientemente sano, capaz de amar, trabajar y estudiar como afirmaba W. Reich. Se entiende así que cuando se contempla la poca diferenciación de un sujeto, se suele querer decir que su conciencia ha emergido poco significativamente del funcionamiento infantil, de modo que se le hace muy difícil asumir una perspectiva de responsabilidad y realismo práctico acorde con las exigencias de la vida adulta. Que está identificado parcialmente pero excesivamente con una visión infantil pese a una edad física adulta y al desempeño adaptado de determinadas funciones adultas. En la psicoterapia, la diferenciación de lo infantil y de los objetos internos que ahogan el crecimiento constituye un aspecto fundamental en el trabajo; cuanto esfuerzo y dedicación prestamos a la diferenciación de la propia identidad del yugo de la identificación a ideologías rígidas, posiciones o conductas afectivas inflexibles, consecuencia de vínculos paternos insanos inevitablemente interiorizados que someten o esclavizan visiones, sentimientos o acciones de mayor libertad y madurez.

Ahora bien, en relación con el tema que deseo centrar, planteo que el problema no está únicamente que la diferenciación llevada al extremo genera disociación (entendida como desconexión entre lo diferenciado) sino que el proceso mismo del desarrollo a través de la diferenciación, conlleva ineludiblemente disociaciones, represiones y fijaciones en grados diversos; a mi modo de ver difícilmente puede ser de otra manera, al menos en la cultura occidental, por las formas de crianza y a su vez por la inevitable conflictividad del vivir y el crecimiento. En psicoanálisis la fijación se concibe como una “inhibición del desarrollo”, y que duda cabe de que todos tenemos que bregar en algún grado con ellos. Si por otro lado apelamos a Wilber III y consideramos la veintena de líneas del desarrollo que en general menciona y que siguen su curso de desarrollo a través de las grandes estructuras básicas mencionadas, con sus respectivos conflictos en sus procesos de diferenciación e integración, nos resulta obligado pensar la infinita variedad y diversidad de aspectos disociados con los que se enfrenta el yo en su ascenso hacia los niveles más elevados del desarrollo potencial. De modo que la cantidad de trabajo psicológico que tenemos no puede nunca quedar marginada o menospreciada, bajo peligro de desarrollar una espiritualidad que bien podemos considerar psicológicamente insana, es decir, capaz en el mejor de los casos de haber alcanzado algunos niveles importantes en el desarrollo, pero con notables huecos disociativos en muchos niveles. Además, estas consideraciones creo que son la forma de concebir la psicología integral en Wilber III, es decir, no únicamente en el sentido de la diferenciación ascendente en todo el espectro, así como los cuatro cuadrantes en el posterior Wilber-IV, sino también la diferenciación y la integración horizontal en las estructuras básicas y también entre las líneas del desarrollo, a través de la regresión al servicio de la trascendencia como dinámica primordial para el trabajo con las disociaciones en los estadios prepersonales y personales, es decir, el continuo trabajo integrador del yo a lo largo y ancho de los estadios y líneas por los que ha ido transitando.

“el yo cumple con muchas funciones cruciales […) y, por encima de todo, [es) el asiento de la integración (en el sentido de que es el responsable de integrar las diversas funciones, modalidades, estados, olas y corrientes de la conciencia.)” Una visión integral de la psicología., pg. 357. Notas

Los fenómenos de disociación (lease, escisión, represión y desde un punto de vista amplio los diversos mecanismos defensivos que dividen la conciencia) pueden darse de muchos modos y maneras, por lo cual el trabajo para reducir la disociación adquiere una notable importancia, de forma permanente para quienes trabajamos intensamente en el campo de la psicoterapia.

“Si el desarrollo del yo y el desarrollo espiritual no son antagonistas sino que forman parte del mismo espectro de la conciencia, las lesiones que tienen lugar durante el primero obstaculizan la emergencia del segundo.” El Ojo del Espíritu, pag 349

“no estoy sugiriendo que debamos dejar de lado el trabajo en el reino ordinario (el trabajo corporal, la consolidación del ego) en aras de un trabajo con el alma o el espíritu porque, sin el necesario fundamento de un ego fuerte, los reinos superiores no pueden convertirse en una realización permanente, estable e integrada.” Una visión integral de la psicología., pg. 215

Por todo lo mencionado como expresión de parte de la obra de Wilber, es necesario poner mucha atención en el trabajo sobre la integración para no sólo evitar en lo posible la disociación, sino para reducirla continuamente, pues como he mencionado va a resultar inevitable su existencia. A mi modo de ver, se nos impone un trabajo continuo de retroceso, descenso, revisión y regresión terapéutica con la finalidad de contactar y escuchar no sólo las escisiones, disociaciones y fijaciones en nuestra trayectoria, sino necesariamente porque la materia, el cuerpo y la mente son una fuente continua de comprensiones y nos informan, seamos o no capaces de escucharlos, de nuestro ser en el mundo, y no únicamente esto, sino que es necesario considerar las posiciones que consideran la espiritualidad inherente al cuerpo y a la sexualidad a su vez. Por esto es evidente que el proceso de diferenciación-creación de las olas o estructuras transpersonales de la conciencia que nos plantea Wilber de acuerdo a su visión de la sabiduría de las Grandes Tradiciones Espirituales, no debe nunca suponer una alienación o menosprecio del potencial propio de las olas prepersonales y personales, que poseen sus limitaciones pero también sus esenciales necesidades, cualidades y saberes. No sólo hay que evitar la disociación como tarea típicamente curativa y creativa, sino mantener y profundizar en el cuidado y escucha de las estructuras básicas desde la materia a la mente de forma constante, cuidadosa y receptiva, para una verdadera realización de la conciencia integrada. Por esto, y en parte desafiando el criterio esencialmente progresivo de Wilber, me parece muy equilibrado considerar el desarrollo consciente como simultáneamente regresivo y progresivo, para que sea integral y sano, es decir, en términos de trabajo retroprogresivo, según la feliz formulación de S.Paniker.

Diferenciación tras diferenciación, integración tras integración, las tradiciones espirituales en las que sostiene su visión K. Wilber nos conducen al reconocimiento de nuestra condición última de ser, el ser mismo. El proceso de diferenciación de la conciencia lleva a una progresiva diferenciación de la conciencia de todos sus contenidos, hasta revelarse ella misma como la auténtica condición de ser. Normalmente pensamos que la conciencia es siempre conciencia de algo, pero en su dimensión última, la conciencia es conciencia de sí misma, como condición o naturaleza última del sujeto, es decir, el sujeto es en última instancia conciencia. La conciencia es la única fuerza que puede responder a la pregunta sobre quién soy, aunque evidentemente no lo puede hacer usando las palabras y los referentes sensoriales de las que dispone la mente, porque la mente que piensa es incapaz de conocer y dar cuenta de aquello que está más allá de ella.

“Se cuenta que una mujer agonizante se vio llevada, de repente, ante un Tribunal celestial.

* ¿Quién eres? –le preguntó una voz.
* Soy la mujer del alcalde –repuso ella.
* Te he preguntado quién eres y no con quién estás casada.
* Soy la madre de cuatro hijos.
* Te he preguntado quién eres y no cuántos hijos tienes.
* Soy maestra de escuela.
* Te he preguntado quién eres y no cuál es tu profesión.
* Soy cristiana.
* Te he preguntado quién eres y no tu religión.
* Soy una persona que iba todos los días a la iglesia y ayudaba a los pobres.
* Te he preguntado quien eres y no lo que hacías.

III JORNADAS KEN WILBER. Madrid, 13-14 de mayo del 2005.

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